El Sueño

La sociedad actual nos impone exigencias de horarios de laborales, escolares, familiares, sociales, etc. que nos obligan a continuos ajustes en nuestros ritmos de vida. Podemos pasar de horarios de días laborales a otros totalmente diferente en fin de semana, festivos o vacaciones. Estos cambios de ritmo de vida se suelen traducir en ajustes horarios de comidas, ocio y sueño, entre otras cosas.

Los horarios de comida deben ajustarse a horarios impuestos por nuestras actividades, cambios que solemos afrontar exitosamente, incluso los niños presentan una gran habilidad para modificar las horas de comida.

Pero esto se complica cuando se trata de ajustar horarios de sueño. Intentamos con diferente grado de éxito dormir lo necesario para continuar afrontando el ritmo de vida. Si no lo conseguimos una noche, podemos continuar , pero llega un momento en que la falta de sueño repercute en múltiples facetas de nuestro día a día.

La importancia del sueño en la sociedad se traduce en los saludos típicos por la mañana“ ¿ que tal has dormido?” o las despedidas por la noche “ que duermas bien”. Una gran parte de la población suele tener preocupación con dormir lo suficiente para poder encontrarnos bien al día siguiente o estar “espabilados “ y “frescos”. Es muy frecuente que pretendamos acostarnos pronto para dormir bien, si al día siguientes tenemos algún evento relevante como una reunión, examen o un viaje.

¿Qué es el sueño?

¿Por qué dormimos?

¿Para qué dormimos?

Pero si tanto nos preocupamos por dormir bien, ¿porqué se estima que un 30% de la población tiene problemas de sueño?

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Si tenemos en cuenta que fue en 1879 cuando Edison inventó la lámpara y a partir de entonces surgen todos los dispositivos que “emiten luz” 1930 los primeros televisores, y tras este invento siguen ordenadores, móviles, libros electrónicos, etc. Podemos afirmar que poco más de un siglo de revolución han cambiado tantos aspectos de nuestra vida que es difícil valorar como ha afectado a esa función vital que es el sueño. Pero sin duda son los principales causantes de los actuales problemas de sueño de la sociedad. Afirmar que nuestra biología sigue probablemente más adaptada a la “ vida de las cavernas”, con actividades regidas por las horas de luz diurna no es un disparate. Somos animales diurnos, que dormimos de noche. Pero la electricidad cambió nuestros ritmos de vida, antes de que nuestra biología se adaptara a ello. No nos olvidemos de la selección natural y de Darwin.

La evolución del sueño

Puesto que las necesidades no son las mismas a lo largo de nuestra vida, el sueño cambia, adaptándose a las diferentes etapas vitales.

A partir de las 28 semanas de gestación ya pueden diferenciarse periodos de sueño y vigilia. los recién nacidos duermen mucho, pero no de forma seguida, sino en períodos de unas 3-4 horas, siendo la media es de unas 16-17 horas de sueño al dia. El sueño en esta etapa no está maduro, diferenciándose dos tipos de sueño, el sueño activo (mueve los globos oculares, hace muecas con la barbilla, respira irregularmente, emite algún quejido y realiza pequeños movimientos con las extremidades) y el sueño pasivo ( relajado y respira tranquilamente).

Hacia el 1 mes de vida el bebe duerme unas mantiene periodos de sueño y vigilia más prolongados, con tendencia a consolidar el sueño más hacia la noche. Hasta los 3 meses de vida no se consolida el sueño nocturno definitivamente, aunque puede haber niños con diferencias día-noche desde los primeros días de vida. A esta edad el bebe dormirá unas 15 horas diarias con un periodo nocturno de unas 10 horas y 3 siestas diurnas.

A los 12 meses de vida la duración del sueño es de 13-14 horas diarias , con largo período de sueño nocturno y 1-2 siestas diurnas.

A partir de la primera infancia, las horas de sueño van reduciéndose, tanto las nocturnas como las siestas.

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En la edad escolar los patrones de sueño son bastante estables, siendo muy semejantes a los del adulto. Siguen disminuyendo las horas de sueño, siendo de unas 12 horas a los 3 años y de unas 10 horas a los 10 años de edad.

En la adolescencia se producen importantes cambios, físicos y psicológicos. La duración del sueño suele disminuir, pero se estima que las necesidades de sueño no disminuyen. Se estima que un adolescente duerme unas 9 a 10 horas a los 12 años hasta las 8 a 9 horas a los 16, aumentando la propensión a dormir de día. Hay un retraso fisiológico en el periodo de sueño nocturno, con tendencia a acostarse unas 2 horas más tarde y levantarse más tarde. Evidentemente esto suele ser un problema para cumplir los horarios escolares, por lo que suelen desarrollar patrones de sueño irregulares, “compensando” los fines de semana.

En la edad adulta se alcanza una media de unas 7 a 8 horas de sueño en días laborables y algo más en festivos. El patrón de sueño está consolidado, con sus fases REM y no REM bien diferenciados. No se aprecian diferencias significativas entre hombres y mujeres, pero hay factores que pueden modificarlo, tales como la edad, la historia previa de sueño la temperatura ambiental, la práctica de ejercicio físico, las drogas, medicamentos, etc.

Durante el envejecimiento las necesidades de sueño no disminuyen, pero si lo hace la habilidad para quedarse dormido y lograr un sueño profundo. Habitualmente las 7 a 8 horas de sueño se redistribuyen a lo largo de las 24 horas, con siestas diurnas, de forma que el sueño nocturno disminuye.

Consecuencias de dormir mal

Todos hemos pasado alguna mala noche, incluso algún período de tiempo más o menos prolongado en que dormimos poco o mal. Las consecuencias suelen ser inmediatas, nos levantamos sintiéndonos cansados, fatigados, sin ganas de hacer nada, irritables y con problemas de atención. Todo ello repercute en nuestra vida diaria, afectando a diferentes facetas, como es la vida social, familiar, laboral, académica y a nuestra salud. Las consecuencias de dormir poco o mal afecta diferentes órganos y funciones vitales, se estima que las consecuencias a largo plazo pueden ser:

  • Somnolencia
  • Fatiga
  • Desorientación, alucinaciones
  • Hiperactividad
  • Problemas cognitivos que afectan fundamentalmente a la atención y memoria
  • Disminuye la capacidad de juicio
  • Alteración en la toma de decisiones
  • Irritabilidad
  • Ansiedad
  • Alteración del estado de ánimo
  • Sobrepeso, obesidad
  • Problemas de crecimiento en niños
  • Mayor probabilidad a enfermedades infecciosas
  • Impulsividad
  • Disminución del rendimiento laboral y académico
  • Alteraciones cardíacas
  • Riesgo de accidentes laborales y de tráfico
¡Dormir bien no es un sueño!