¿Insomnio y ansiedad?

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El insomnio es la alteración del sueño más frecuente, ya que un 10% de la población sufre de insomnio crónico. Incluso esta cifra puede llegar a rondar el 30% si le sumamos el número de personas que sufren de insomnio transitorio.

Sin embargo, solo uno de cada cuatro insomnes consulta alguna vez este trastorno con el médico y, en caso de hacerlo, normalmente es aprovechando una visita por cualquier otro motivo. Por otra parte, solo uno de cada veinte insomnes acude a un centro especializado en medicina del sueño para solucionar su problema.

El impacto social, laboral y sanitario es alto, de ahí su importancia a la hora de consultar con especialistas. Porque el insomnio tiene cura, y lograr un sueño de calidad y cantidad adecuado es posible.

Por regla general, el insomnio es un síntoma. Al igual que la fiebre o el dolor, tratar el síntoma con pastillas -como viene siendo habitual- no soluciona el problema. Una fiebre se trata directamente en un primer momento, pero hay que buscar su causa (a través de análisis, historia clínica detallada, radiografías, TAC, etc.). Lo mismo ocurre en el caso del insomnio, ya que es importante llegar a averiguar cuál es su causa para atajarlo definitivamente.

El insomnio requiere de una meticulosa evaluación. Es por eso que hay algunos casos en los que tras una rigurosa historia clínica es necesario realizar una serie de pruebas adicionales, tales como una polisomnografía, una evaluación psicológica, una analítica, etc. Una vez diagnosticada la causa, el tratamiento será específico (farmacológico o psicológico), ayudando a recuperar un sueño reparador.

Dentro de los orígenes del insomnio, ocupan un lugar relevante las causas psicológicas, y dentro de estas la ansiedad. Los problemas para dormir y la ansiedad son fieles aliados, se alimentan mutuamente, causando y siendo consecuencia uno del otro. La ansiedad no deja dormir y el dormir mal causa ansiedad. Es un círculo vicioso, pero que puede romperse.

La ansiedad es una emoción que se relaciona con una preocupación excesiva, difícil de controlar, que se asocia a:

  • Inquietud e impaciencia
  • Taquicardia, palpitaciones
  • Fatiga
  • Dificultad para concentrarse
  • Irritabilidad
  • Tensión muscular
  • Alteraciones del sueño, fundamentalmente dificultad para conciliar o mantener el sueño o sensación de sueño no reparador.
  • Problemas intestinales, cefaleas, sudoración
  • Nauseas, opresión en el pecho
  • Sensación de ahogo

La lista podría ser interminable, y es que todo ello contribuye a un estado físico y mental que puede ser altamente incapacitante y afectar a la calidad de vida.

Uno de los síntomas más frecuentes y “dañinos” son los problemas de sueño.

Una persona ansiosa, con preocupaciones constantes, suele focalizar su atención en el futuro más que en el presente. Con pensamientos pesimistas, catastrofistas de tipo rumiativo, presenta un estado de activación, de alerta elevado. Esto no favorece la conciliación del sueño.

Es fácil imaginar a una persona ansiosa intentando dormir. De noche, en la cama, rodeado de oscuridad y silencio… ¿Qué puede hacer si no consigue dormir? Probablemente pensar en aquello que le preocupa, en adelantar acontecimientos, en repasar lo hecho y no hecho, etc. Así, es poco probable que concilie el sueño y, si lo consigue, es muy posible que en caso de despertarse en mitad de la noche esos pensamientos insidiosos le vuelvan a invadir, desvelándola.

Por ello, es importante romper ese círculo y aprender a convivir con el ritmo vertiginoso del día a día, pero con un nivel óptimo de ansiedad. Dormir adecuadamente ayuda a alcanzar un estado físico y mental adecuado para afrontar las dificultades diarias, sin que estas nos sobrepasen.